Corría agosto de 2004 y un adolescente Rafa Nadal se encontraba, hasta ese entonces, con el partido más importante de su carrera: la posibilidad de ganar su primer título lo era todo. El contexto mostraba a la final de Sopot, Polonia, como esa gran chance. El rival era el misionero José Acasusso (105° en ese certamen) y la oportunidad no podía dejarse pasar.

El mallorquín, de apenas 18 años recién cumplidos, asomaba como una de las grandes promesas del tenis mundial. Ese mismo año, en enero, ya había perdido la definición de Auckand (sobre cemento) ante el eslovaco Dominik Hrbaty y se había convertido en uno de los más jovenes (con 17) en arribar a una final del circuito grande. Pero ahora la situación era distinta: el polvo de ladrillo ayudaba mucho a su gran objetivo de ser campeón en una competición ATP, y, con mucha desfachatez, lo pudo lograr. Superó a “Chucho” por 6-3 y 6-4 y así, conquistaba su primer gran batacazo y se metía entre los 50 mejores del mundo. El resto… el resto es historia conocida.

Por Maximiliano Veczan

*Foto: AFP

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